Carlos Fuentes Macías (1928 – 2012)…y tod@s l@s Escribas que ya pasaron.
Murió escribiendo. Sentado en el viejo cuero del sillón y embrocado en el escritorio dio su último respiro y su última catarsis. Fue en esa añeja mesa donde experimento el gozo y el dolor del escritor. Como solía decir, !escribir es un deleite para la mano y un maleficio para el culo! Ahí, murió escribiendo.
Tan rápida fue su muerte que todavía con bolígrafo en mano y aun sobre el papel donde se encontraron sus últimas palabras quedo su puño. Pero quizás murió en su sueño. Tantas madrugadas ese recinto le sirvió de colchón, los montones de libros y recortes de periódico como sabanas y su lámpara como luna. Así lo arrullaban después de esas largas noches en que buscaba poner los inefables clamores de la melancolía en los apretados límites de las palabras. Justamente, murió escribiendo.
Pero que tumulto crearon sus últimas escritas palpitaciones. Solo dos palabras. En ellas, como buen escritor, verazmente, pareciera que quiso resumir su vida y su arte. La belleza, estas fueron sus ultimas señales. Estas fueron sus últimos intentos que dieron a luz a ese último sentir de la embriagante musa, que al son de las estrellas canta el alma.
Mas sin embargo, ¿acaso fue punto y final o coma lo que continuaba después de ese femenino articulo y sustantivo? Esto no lo sabría ni la tinta que sombreaba el lienzo de su casi testamento. Si punto final, establecería la belleza como finalidad cerrándose a la interpretación. Nada más. Pero claro, tuvo que ser coma. Así se aislaría el evocativo. Esta es la única manera para penetrar el lumbral de la agonía del escriba. La misma angustia que ataca a tod@s, a la famosa y al infame, que es, el poner la belleza, por trágica o alegre, por vulgar o sublime, así como te la dice el canto del alma y la conciencia, en la disfunción de los gemidos humanos que llamamos palabras.